Igual que defendemos nuestra lengua oficial, el valenciano, porque es nuestra raíz y nuestra historia, las fallas también se tienen que proteger, pues son parte de nuestra tradición, de nuestra idiosincrasia. De hecho, la Convención de la Unesco para la salvaguarda del patrimonio cultural inmaterial, decidió incluirlas en la lista de bienes protegidos para responder a la “necesidad social” de preservar las artes y oficios tradicionales que de otro modo desaparecerían.
Durante mi infancia, siempre viví en ciudades distintas a Valencia, pero cada marzo, veníamos a Las Fallas. Me sentía muy orgullosa de ser Valenciana, me gustaba contarlo en el colegio. Cuando volvía de Las Fallas era el centro de las conversaciones de mis compañeros, les gustaba escuchar detalles de las cabalgatas de disfraces, los pasacalles falleros, de los petardos, los castillos (que nadie sabía que así llamamos a los fuegos artificiales), de los monumentos coloridos que luego se quemaban, todos prestaban atención apasionados y deseaban con envidia ir un año a vivir esta fiesta.
Hace casi 30 años que volví a mi tierra, desde entonces no ha habido un año que no haya venido a disfrutar de Las Fallas un familiar o un amigo de fuera, porque si, hay que reconocerlo, nuestra fiesta es de interés Nacional e Internacional.

No voy a negar que es molesto encontrarte un mes con las calles cortadas o dos semanas, o una en el mejor de los casos. Es cierto, se convierte en un caos para aparcar, para acceder a algunos sitios, incluso se complica coger el autobús urbano, pero es nuestra fiesta.
Me temo además que el problema no está en las fiestas, aunque la gente descargue contra ellas o contra los casales falleros y sus festeros. Pienso que el problema radica en como los ciudadanos no sabemos respetar a nuestros vecinos, pero no son los falleros en concreto, eso es cada persona durante todo el año, el que tira los petardos a las 4 de la mañana, el que no recoge los excrementos de su perro, el que tira basura al suelo (no solo en fallas), el que hace pintadas, el que rompe las marquesinas de las paradas de autobús o estropea las zonas ajardinadas.
Debemos aprender todos a convivir, hacernos la vida más sencilla, pero sabiendo que no podemos intentar prohibirlo todo, que no podemos renegar de nuestras tradiciones. Está claro qué es molesto cuando tienes una falla debajo de tu casa y oyes música cinco días seguidos y los cuatros días sueltos que toque durante el resto del año, pero también nos pasa con la gente que vive en primera línea de la playa y tiene esos ruidos durante todo el verano, o el que vive por el mercado y ya de madrugada está con el follón de montar las paradas y las calles cortadas los días que corresponda, o junto a supermercado que ya están cargando los camiones a las cinco de la madrugada, pero creo que queremos, merecemos y necesitamos un pueblo con vida, dónde se mueva la economía, donde haya trabajo, donde haya fiesta y alegría, pero sobre todo donde aprendamos a convivir unos con otros. ¡Felices fallas!

 

Ruth Sicilia Torres