Historias de la fábrica. “La fábrica”, un reto.

//Historias de la fábrica. “La fábrica”, un reto.

Historias de la fábrica. “La fábrica”, un reto.

La fábrica, ese monstruoso engendro, ruidoso y peligroso que tiraba humo y que marcaba las horas con su estridente y chillón pito, era obvio que era el santo y seña del Puerto de Sagunto, porque facilitaba la vida marcando su ritmo equilibrado.
Los colegios de niños y niñas, la escuela de aprendices donde se aprendía un oficio, suministraban en la Cooperativa los alimentos a precios más asequibles, atendía la salud teniendo un hospital, nos facilitaba el deporte en el Fornás, y cocinábamos, nos calentábamos y nos duchábamos con agua caliente gracias al carbón de la fábrica.

Un antiguo sindicalista exclamaba: “La verdad es que la fábrica lo era todo, y además nos daba de comer, cuando en este país no había de casi nada”. Aunque su independencia no le hacía ser un oasis de bondad. La represión de la dictadura traspasaba sus puertas, las depuraciones y encarcelamientos eran frecuentes. Habíamos salido de una guerra civil, y las guerras que se hacen entre hermano.

Yo la viví muchos años después y recuerdo entrando por las diferentes puertas, un río de miles de personas. Los de la mañana, cogíamos el pan recién hecho para el bocadillo del mismo tablero de horno, y dejábamos el dinero en una orilla, mientras Rafa y su padre seguían con su trabajo.

Cuando traspasabas los chaperos, ibas hacia tu puesto sorteando en la penumbra los obstáculos de vagones y de maquinas de vapor que no paraban haciendo las maniobras en la aún oscura madrugada. Ese trasiego de actividad y dinamismo te descolocaba, era un torrente de actividad cuando la ciudad aún estaba dormida, un mundo dispar que te introducía en sus fauces, pero te acunaba y protegía en la rutina del cada día, mostrándote un reto, un problema diferente que era para lo que estabas preparado, pero si no lo era, lo estudiabas para resolverlo si era posible con el que estaba a tu lado, tu compañero.

Había que llegar a tu puesto, pero antes pasabas por las taquillas a cambiarte. Allí ya se respiraba esencia obrera, y -Joder aparta un poco que no me dejas coger la ropa ¿Viste anoche el partido? Preguntas habituales-. Tantos compañeros a la misma hora, para tener la sensación de estar un poco a salvo en aquella revolución proletaria.

El trabajo de cada día en este maremágnum, donde según me contaban en los principio había mucha mano de obra y muy poca tecnología. Departamento “movimiento” brigadas de 20 hombres tirando de pala para recoger el mineral que la tolva dejaba en el suelo, como si fuera una gallina que había soltado el huevo, o haciendo la rueda en la boca del horno para que la palada de mineral llegara a sus fauces.
En el turno de la noche, algunos habían estado picando con maza y puntero para recoger la brea, subproducto del carbón que al dañar la vista solo se podía trabajar en la oscuridad. Pero es que en la noche todo giraba y se movía igual, solo que en la penumbra te la jugabas más y estaba el deseo de ver amanecer
Un frente común, en todas las épocas porque los hombres con espíritu de lucha ante los retos de los hornos, las locomotoras, las grúas, las cucharas con la colada de arrabio o los lingotes de acero, se transforman en gigantes.
Calor, humos, gases, la producción era la protagonista, el peligro acechaba en el entorno, cada día, cada hora en la fábrica había un reto y en cada rincón en cada instante dentro del ambiente hostil se busca un trozo de felicidad, el conocimiento del entorno y la complicidad con el compañero era primordial. Creo que nuestra esencia colectiva fruto del medio social nos hizo luchar tantos meses contra su cierre. Fue la lucha por la supervivencia, fue el “No a la muerte de un pueblo”.

 

Texto: Paco Gómez

By | 2018-06-25T17:43:20+00:00 junio 25th, 2018|Categories: Historias de la fábrica|0 Comments

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