Historias de la fábrica: La Tolva

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Historias de la fábrica: La Tolva

Contaba mi madre que cuando vino al Puerto de Sagunto toda las noches estaba con gastroenteritis, como que este pueblo no le sentaba bien, y pensaron que se tendrían que ir.
Claro que, cuando recordaba que cada semana en el pueblo, mi padre tenía que ir como a mendigar su sueldo mísero ganado de sol a sol, esto les hacía pensar en no regresar.
Un día el sueldo de fábrica, coincidió con las otras horas que hacía en la construcción. Mi madre se le quedó mirando como preguntando de donde, y mi padre con su peculiar añadido “chorra” que tardo años en eliminar de su lenguaje, le dijo: -Pero tonta chorra lo que he ganado-. Por eso como que había que pensar en irse…
El problema de salud de mi madre se soluciono cuando dejo de beber agua del pozo, y bebía el agua que mi padre traía de la tolva de la fábrica.
Antonio un hombre que vivió hasta los 104 años, me contaba: “Cuando empecé la construcción de mi casa lo hice como todas se hacían, haciendo dos pozos, una para poder tener agua y otro el pozo ciego, al mismo tiempo así obtenía la grava para hacer los bloques con un saco de cemento que es lo que podía comprar a la semana. Este es el motivo y el porqué de las enfermedades que había en un principio en este pueblo”.
La tolva de agua era un vagón de mineral, solo que tenía un grifo y que estaba interiormente chapada con azulejos como si fuera una piscina. Venia el agua acompañando el mineral de Setiles Guadalajara
La máquina de vapor la “Chin Pum” llevaba estas tolvas de agua potable a los diferentes departamentos de la fábrica, y una la dejaron en el paso de la alameda como fuente pública. Cuando era un chaval y llenaba el cántaro, me preguntaba cómo podía estar el agua limpia en una tolva de chapa mugrienta que yo asimilaba a las del mineral.
Sentías y respirabas desde niño que la fábrica estaba incrustada en nuestras vidas, si ya de joven pasabas por sus puertas, -casi cada día-, con seis años íbamos al colegio de la fábrica. Antes de ir al colegio de Begoña, ibas, pero era a la escuela de los cagones, así la llamaban, para recordarte que aun no eras nadie -y lo que te enfadaba a los mayores-. En Begoña nos daban libros, lápices, libretas con el escudo de AHV, y hasta en reyes juguetes a elegir por orden de calificaciones.
Siempre recordaré las historias que nos contaba don Vicente Botella, sus testimonios perduran en mi memoria. Me gustaría imitarle haciendo tan entrañables mis historias. En el silencio atento de la clase lo veo con su calva, sus gafas, su blanco bigote y su halo de bondad.
Y es que aunque escribo, solo unos pocos me recordaran, pero miles recordaremos a los maestros y maestras de Begoña. A unos por muy buenos, a otros por no tanto y a otros… Aunque creo que todos nos enseñaron a pensar.

 

Texto: Paco Gómez

By | 2018-05-30T12:56:54+00:00 mayo 30th, 2018|Categories: Historias de la fábrica|0 Comments

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